Los tallos dorados de centeno se transforman en auténticas obras maestras en manos del maestro, y las finísimas láminas de paja se convierten en diminutos diseños sobre los huevos de Pascua. Parece que la paja es un material común y corriente, ¿qué se puede hacer con ella? Pero precisamente de esta modesta hierba han nacido durante siglos las “arañas”, que llevan en sí la energía solar de los antepasados y el calor de las manos humanas. En la acogedora sala bulle la vida creativa: los maestros se dedican a tallar madera, tejen mimbre y convierten las tiras de paja en incrustaciones de joyería. Los corresponsales de BelTA visitaron la Casa de la Artesanía de Klíchev, donde las antiguas tradiciones no solo se conservan, sino que reciben el segundo impulso.
La directora de la Casa de la Artesanía de Klíchev, Elizaveta Kovaliova, destaca que la institución se ha convertido en una verdadera fragua de talentos. “Contamos con especialistas que trabajan en diferentes tipos de arte. El equipo es pequeño, pero muy creativo. Aquí se abarca el mimbre, la elaboración artística de la madera, la talla, la incrustación, la paja, la cerámica, la pintura sobre madera y cerámica. Y, por supuesto, también dominamos tipos de arte modernos”.

Una de las primeras en empezar a trabajar en la Casa de la Artesanía fue la maestra de artesanía popular Natalia Lopátina. Su camino hacia el tejido de paja comenzó en sus años escolares. “Todo empezó cuando estudiaba en la escuela, en los años 90. Había muchos círculos y nos encantaba ir a ellos”, recuerda Natalia.
En aquella época, recogían la paja directamente en los campos, la planchaban y creaban sus primeras obras. Más tarde, su afición por la artesanía llevó a la joven a Bobrúisk, a la Escuela Superior Profesional de Artes Decorativas y Aplicadas nº 15, actualmente – el Colegio Estatal de Bobrúisk A.E. Larin. Tres años de formación en la especialidad de “artista de pintura sobre madera e incrustaciones con paja” determinaron su futuro.
El tejido de paja en Belarús está reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco. Este antiguo oficio tiene sus raíces en la época pagana: la paja se consideraba conductora de la energía solar, y los objetos de paja – amuletos contra las desgracias y símbolos de prosperidad. Ocupan un lugar especial las tradicionales “arañas”, trenzados planos de forma de disco solar que antes se colgaban en el techo. Se creía que traían a la casa cosechas, salud y prosperidad.
La paja requiere una precisión milimétrica. Los maestros cortan los tallos de centeno a lo largo en tiras muy finas y luego hacen dibujos geométricos o vegetales. “La paja es ahora muy popular tanto aquí como en el extranjero. Hay muchos recuerdos hechos de paja: herraduras, cascabeles, lienzos y muchos otros. Se necesita imaginación, perseverancia y paciencia”, dice Natalia Lopátina.

Ella prefiere trabajar con paja de centeno. “La paja de centeno es más larga de nudo a nudo, más adecuada para tejer. La de trigo es más clara y corta, ideal para aplicaciones”, explica. La recolección se lleva a cabo en el período de madurez lechosa y cerosa, a finales de julio o principios de agosto. La paja se seca, se clasifica y se limpia de hojas y espigas. Para aclararla, el artesano utiliza peróxido de hidrógeno 35 % y amoniaco 10 %, tras lo cual el material se vuelve claro y flexible. “Se vierte agua hervida y la paja se ablanda, quedando lista para trabajar”, añade.
Natalia suele hacer herraduras, escobas y duendes, que son las piezas más demandadas. Además, su técnica única de incrustación de huevos con paja está considerada como una de las mejores de Belarús. Las obras de Natalia participan regularmente en exposiciones regionales, provinciales y republicanas.
En la Casa de la Artesanía reina una atmósfera especial de intercambio creativo. Dos veces al mes, los maestros se reúnen para debatir ideas, planificar exposiciones y talleres. Con motivo de diversas festividades, se celebran aquí decenas de eventos: se recibe a grupos escolares, se cuenta la historia de la artesanía de la región y se enseña a crear.

A pesar de ser un pequeño equipo de cinco especialistas, todos ellos son artífices y aman lo que hacen.
“La incrustación requiere habilidades motoras finas y destreza, pero a los niños les encanta pegar y tejer paja. Los adolescentes aprenden con gusto los fundamentos del tejido de mimbre y hacen posavasos y platitos”, señala Elizaveta Kovaliova.

También acuden a la Casa de la Artesanía los aficionados. Entre los visitantes habituales se encuentra la jubilada Nadezhda Prokópchik. “Si tuviera tiempo, vendría todos los días. Pero los quehaceres de la casa... Así que vengo con mucho gusto dos o tres veces por semana”, sonríe. Nadezhda lleva muchos años haciendo diferentes manualidades y comparte con gusto su experiencia con los principiantes. Su pasión se ha contagiado a su hijo: hace unos seis años lo trajo aquí. Y desde entonces, él trabaja en la Casa de la Artesanía como maestro de artesanía popular. Juntos crean multitud de recuerdos interesantes, bonitos y exclusivos, que se envían regularmente a exposiciones y festivales de todo el país.
Los productos de los artesanos de Klíchev viajan mucho más allá de las fronteras de Belarús. Sus recuerdos se pueden encontrar en casi todos los países, y la gente los compra con mucho gusto. Recientemente, las obras de los maestros se han ido a Irán. “Hay productos de marca que se exportan al extranjero, como zefir, embutidos y dulces. Pero hay cosas con alma y corazón. Una herradura de paja, un joyero hecho a mano, un collar de paja para una fiesta popular. Eso es precisamente lo que quedará en la memoria como parte de nuestro trabajo y de nuestro país”, dice Elizaveta Kovaliova.

En la Casa de la Artesanía hay una sala de exposiciones, talleres creativos y una tienda de recuerdos. Aquí no solo se guardan productos, sino que se conserva el hilo vivo que une a las generaciones a través del calor de las manos, la paciencia y la fe en que cada pajita tejida trae suerte y prosperidad al hogar.
Tatiana Seledtsova, fotos de Oleg Foinitski, BelTA.-0-
