El Museo de la Resistencia Judía de Novogrúdok comenzó su trabajo en 2007. Su inauguración está relacionada con un hombre rico que llegó allí desde Inglaterra – Jack Kagan. Llegó con un objetivo concreto: recuperar la memoria de quienes sufrieron los horrores del Holocausto y erigir monumentos en los lugares donde se produjeron los fusilamientos masivos de judíos en Novogrúdok y sus alrededores. En el lejano 1943, fue uno de los que logró escapar del gueto local bajo el amparo de la noche, cuando los prisioneros llevaron a cabo la fuga más masiva a través de un túnel en el territorio de la Europa ocupada. El antiguo prisionero fue el único superviviente de toda su familia.
La vida antes de la catástrofe
Los judíos vivían en Novogrúdok entre belarusos, polacos y tártaros. No se ha registrado ningún conflicto étnico o religioso en la historia de la ciudad: las personas convivían de forma muy pacífica.
“En 1939, muchos judíos, belarusos y polacos se consideraban “locales” – tan unidos se sentían”, señaló Aleksandra Varava, colaboradora científica del Museo de Historia y Etnografía Territorial de Novogrúdok.
Los judíos constituían una parte muy importante de la intelectualidad y la artesanía de la ciudad. Los mejores abrigos y gorros los cosían los Kushner, y el mejor arnés para caballos lo podía hacer Yankel Kagan. La escuela a la que asistían las niñas judías aceptaba a todas – tanto polacas como belarusas. Al terminar los estudios, cada una de ellas podía convertirse en maestra.
Gracias a los judíos, el comercio florecía en la ciudad y se desarrollaban activamente la artesanía y el sector de servicios. En el centro de la ciudad se puede ver los restos de la alcaná. “Comerciaban con absolutamente todo: carne de cerdo, embutidos. Los judíos de Novogrúdok fueron los primeros en comercializar helados de colores en la década de 1920. Una vez al año se celebraban ferias muy grandes en las que se podía comprar de todo, y los jóvenes buscaban pareja”, contó Natalia Zhishkó, jefa del departamento de trabajo ideológico y asuntos de la juventud del Comité Ejecutivo de la región de Novogrúdok.
De camino al museo, tuvimos la oportunidad de dar un paseo por el centro – la plaza Lenin. Aquí todo está impregnado de la herencia judía. En el edificio de la cafetería local actuó por primera vez el teatro judío. Todos los restaurantes de Novogrúdok también pertenecían a ellos. Según los visitantes, la cultura del servicio era muy alta y correspondía al nivel de San Petersburgo y Moscú.
En la calle Sovétskaya (antes Yevréiskaya) había una sinagoga, dañada durante la guerra y destruida en la década de 1960. Ahora, en su lugar hay un gran aparcamiento y varios coches.
Si a mediados del siglo XIX había 7 sinagogas en Novogrúdok, a principios del siglo XX – ya 16. La comunidad judía se desarrolló muy rápidamente. Las sinagogas proporcionaban también una base religiosa. En 1896 se creó una escuela religiosa – el Movimiento del Musar de Novogrúdok.
“Los judíos de Novogrúdok sentían un gran respeto por la tierra en la que vivían”, subrayó Natalia Zhishkó.
En 1941, 6,5 mil de los 12 mil habitantes de Novogrúdok eran judíos. Nadie podía imaginar el horror que se abatiría sobre la ciudad muy pronto.
Las primeras víctimas
El fusilamiento más masivo tuvo lugar aquí el 8 de diciembre de 1941. Cerca de Novogrúdok, en el pueblo de Skrydlevo, 5000 judíos cayeron en una enorme fosa. En uno de los recuerdos del nieto de Rae Kushner, escribió que relaciona el día del fusilamiento con los acontecimientos de Pearl Harbor.
“En aquel terrible y frío día de diciembre, desnudos, bajaron por las escaleras hasta el fondo y se tumbaron lo más apretados posible, siguiendo las órdenes de la policía. Y el 36º batallón de policía estonio hizo su sangriento trabajo – disparó a personas desarmadas y tumbadas en el suelo. La historia nos cuenta que la policía no tuvo ningún reparo en vender en el mercado local la ropa de los prisioneros asesinados, que yacía en una enorme pila. Por supuesto, las personas que la compraron no sabían nada de esto”, cuenta Aleksandra Varava.
Entramos en el museo. Lo primero que nos llamó la atención fue la gran cantidad de fotografías de archivo de los prisioneros locales. Era espantoso mirarles a los ojos, felices, aún ajenos al dolor, guardianes de su historia única. Fue especialmente duro ver las fotografías de los niños.
“El impulsor de la creación de este museo no fue solo Jack Kagan. Fueron todos los que sobrevivieron tras pasar por los horrores del Gueto de Novogrúdok”, opina la colaboradora científica.
El segundo fusilamiento masivo tuvo lugar el 7 de agosto de 1942. El día anterior, 4000 personas ya habían sido exterminadas en el gueto. Las 500 personas que quedaron con vida recibieron tarjetas de trabajo y fueron trasladadas aquí, al territorio del tribunal de voivodato, donde ya había talleres.
Les esperaban fríos tapescos, que se han recreado en el museo según planos reales. Tablas completamente desnudas con un pequeño espacio para una persona. Entonces, la gente se alegraba incluso de que se asignaran 65 cm por persona, en lugar de 55 cm, como antes. En una pequeña habitación se apiñaban 22 personas. Ahora, en cada tapesco están grabados con letras doradas los apellidos de los prisioneros: familias enteras de los Kushner, Gorodinski... Y también la misteriosa familia, a la que se identificó como la familia con un bebé lactante. En algún lugar hay un colchón intacto, como si el tiempo se hubiera detenido y la cama esperara el regreso de una persona.
Pero eso no era lo peor. En el gueto, la gente comía hojas, hierba, cazaba todo lo que volaba o corría. Eran roedores, a veces gatos, perros. Era una verdadera fiesta recibir un pequeño trozo de pan de 125 g. Y eso que tenía mucha paja. En el museo también se exhibía un trozo similar: gris, incomestible, duro como una piedra.
“Uno de los prisioneros recordaba que esperaba con ansias el turno para recibir un trocito de pan, ya que se podía masticarlo durante mucho tiempo, casi medio día. Y si por alguna razón alguien no salía a trabajar, esos 125 g se repartían entre todos los miembros de la familia”, explicó Aleksandra Varava.
Vimos la maqueta del gueto que se exhibe en el museo. Un solitario foco parece seguir vigilando a todos los que cruzan el umbral del edificio o caminan por el perímetro.

También se conocen historias exitosas de liberación del gueto. Idel Kagan, de 12 años, intentó escapar en diciembre de 1942. Pero después de eso, las condiciones se endurecieron. Cada escape significaba un castigo para los prisioneros que quedaban.
Anhelo de salvación
La última represalia contra los judíos tuvo lugar aquí en 1943. Fue un año especial en la historia de la Gran Guerra Patria. El 7 de mayo, los fascistas planearon exterminar a los últimos 500 judíos del Gueto de Novogrúdok. El método de asesinato fue muy cruel y despiadado.
“En vísperas, se informó a los prisioneros que algunos de ellos, los más destacados, recibirían una recompensa – comida. Supuestamente, la comida se repartiría en el edificio del tribunal de voivodato. Las personas se alinearon como de costumbre, sabiendo y viendo que habían sido seleccionadas. Entonces las encerraron en el edificio, colocaron guardias en las puertas y expulsaron a las 250 restantes fuera de las puertas del gueto. A solo 200 metros, cerca de un foso, comenzó el fusilamiento”, señala la colaboradora científica.
La sensación de pérdida inevitable llevó a la gente a pensar: “¿Cómo podemos salvarnos? ¿Es posible?”. Y tenían adónde huir, les esperaban en el bosque: la ayuda la ofrecía el destacamento guerrillero judío de Bielski, que enviaba a través de sus allegados llamamientos para que huyeran y buscaran refugio con ellos. El propio Tuvia Bielski era un joven corriente, sin formación militar. Y el lugar de refugio se llamaba “la Jerusalén forestal”.
“Ofrecía la lucha a quienes se encontraban en las condiciones más terribles y decía: “No prometo que viviréis. Pero prometo que, si morís, será luchando”. En el destacamento no solo había hombres fuertes, sino también ancianos débiles. Lo dividió en dos partes: la de combate, cuyos miembros minaban puentes y organizaban ataques, y la familiar, que proporcionaba a los demás ropa de abrigo y comida”, explicó la empleada del museo.
Camino hacia la libertad
Varias personas se encargaron del plan de escape: el líder Daniel Ostashinsky, Berl Yeselevich, a quien se podría llamar el ingeniero diseñador del túnel por el que debían escapar los prisioneros. El espacio, prácticamente sin aire, se llenó de oxígeno a través de agujeros en el techo para que las personas no perdieran el conocimiento.
El túnel fue excavado por 50 personas, en su mayoría hombres jóvenes de baja estatura. También ayudó Rae Kushner, a quien se le había confiado la tarea de preparar café para el comandante y servírselo.
“¡Qué difícil es aguantar para no mostrar con una mirada o un gesto lo mucho que te duele el alma por aquellos que ya han sido asesinados, que ya no están, que se han ido!”, prestó atención la especialista.
Se utilizaba todo, incluso tenedores y cucharas. Nos mostraron una pala de zapador, que se utilizaba para cargar la tierra ya excavada. Todo esto se cargaba en un carro y se descargaba rápidamente. Primero en el ático, que acabó cediendo por el peso. La tierra se vertía incluso en una doble pared, cuya maqueta también se encuentra en el museo. Y así, paso a paso, trabajaron durante cuatro meses.

Los prisioneros inventaron su propio lenguaje de signos y lo hablaban en el túnel. Se entendían sin palabras. El trabajo era duro y se realizaba por la noche.
Los prisioneros recibían un pequeño trozo de papel con su apellido. La lista estaba elaborada de tal manera que primero iban los que cavaban, luego los jóvenes y luego todos los prisioneros mayores. El día del escape, el 26 de septiembre, el prisionero Zeidel Kushner estaba tan nervioso que simplemente perdía fuerzas. Entonces su hija Rae dijo que cedería su lugar en la fila, el lugar de los jóvenes, y se quedaría con su padre.
“Literalmente lo arrastraron por el túnel. Bajo la fuerte lluvia, el viento y la niebla, les propuso a las chicas que se ataran las manos con cuerdas. Esto les permitió permanecer juntos y no perderse. Durante todo un mes buscaron el camino hacia el destacamento de Bielski. En las memorias de Zeidel hay un testimonio de que primero se unieron a un grupo de partisanos belarusos, donde permanecieron una semana, tras lo cual el comandante les dio comida y les dijo que se fueran al destacamento judío”, contó la experta.
Sin embargo, no todos lograron escapar. Más de la mitad fueron fusilados por los alemanes. Salimos del museo y encontramos un gran muro conmemorativo. Allí figuran todos los nombres de los prisioneros del Gueto de Novogrúdok. Junto a los nombres hay protuberancias de granito, parecidas a ladrillos. Están situadas junto a los nombres de aquellos que no lograron escapar. Como si sus almas se hubieran convertido en los cimientos de la vida futura no solo de los judíos, sino de toda la población de las tierras belarusas. Junto a los que lograron escapar gracias a su fuerza de voluntad e ingenio, hay un espacio vacío, o una ventana al futuro, a través de la cual se puede ver la luz en un día soleado.
También vimos los restos conservados de esas mismas fortificaciones del túnel. Y nos despidió la escultura de la torturada niña de 12 años Mikhle Sosnovskaya. Intentó escapar junto con su amiga. El monumento se convirtió en un símbolo de todos los niños judíos que fueron exterminados durante la Segunda Guerra Mundial.

“Lo que vivieron los judíos durante el Holocausto es una tragedia no solo para el pueblo judío, sino para toda la humanidad”, está segura Natalia Zhishkó.
Daria Verénich,
BelTA.-0-
